Samuel no estaba

Le soltó la mano tan solo un segundo. Él no estaba.

Su mano colgaba vacía. Miró a su alrededor. Andaban como una manada sin guía, sin orden ni dirección. Ella estaba en medio. Él no estaba. Puso los ojos en cientos de lámparas colgantes que iluminaban todos los caminos posibles. Pero él no estaba. El pitido incesante de un móvil sonaba en algún lugar sin ser atendido y se repetía el punteo de unas cuerdas tensas de guitarra mal afinada en el hilo musical. Allá donde miraba, solo había pies y cabezas que se atropellaban con palabras y gestos inconexos. Frunció el ceño. Entre esa marabunta dió un paso a la derecha. Miró hacia atrás, hacia delante, hacia los lados. Chocó contra alguien y cayó con manos en el suelo de cemento. Con la cabeza baja y los antebrazos en el suelo se levantó como pudo. Él no estaba.

Allí en medio, de pié, sola, comenzó a dar vueltas sobre sí misma como en una atracción de feria. Buscando, escudriñando cada rincón. Todo sucedía muy rápido a su alrededor y una neblina acuosa le cubrió los ojos. “Saaamuuu” suplicaba su voz, una voz que se perdía entre el ruido de un domingo en IKEA. Entonces gritó. Gritó tan fuerte que las cuerdas vocales sonaron partirse en dos. Gritó su nombre sin cesar, a cada paso, por cada laberinto. Corría dando bandazos por los pasillos, buscándole de derecha a izquierda y de izquierda a derecha. Agarraba a la gente de la chaqueta, con movimientos rápidos y les desechaba con un empujón. Rompió puertas de armarios donde él habría podido esconderse y con una fuerza descontrolada arremetía contra aquello que se le ponía por delante ¡Samuel, Samuel! Él no estaba.

La gente se apartaba y tan solo estaba ella en medio del pasillo 3 rodeada de cajas de taladros, sin ayuda. Él no estaba.

Como la aguja de una brújula sin rumbo sus gritos de desesperación retumbaron en ese cielo de latón lleno de barras de hierro que soportaban la estructura sobre su cabeza.

Le faltaba el aire, respiraba entrecortadamente entre cuchicheos y cientos de ojos fijos en ella, los gritos se convirtieron en hilos de voz de fallida. Entonces se desplomó en el suelo. Se mecía doblegada sobre si misma, con los brazos cruzados sobre el abdomen, apretaba los labios y gritaba lágrimas de dolor. Hilos de saliba colgantes se desparramaban en el suelo. Una mueca de dolor en los labios y unos ojos abiertos y desorbitados por el pánico quedaban cubiertos por el pelo enmarañado. 

“por qué nadie me ayuda?” finalmente imploró. Aun así nadie se acercó a ayudarla ni a darle consuelo. Tan solo la miraron con frialdad.

Samuel no estaba.

Ejercicio del Ateneu Barcelonés- Narrador Cámara

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