El Fecundador

Eran apenas las once de la mañana y la madera que recubría la sala seguía impregnada de ese olor tan característico de otra época, una mezcla entre güisqui y tabaco. Daba la sensación de no haber sido ventilada en años. El polvo de los tomos amarillentos que cubría cada rincón, aún sin poder verse, se mezclaba con ese olor, el olor de un ambiente cargado de pesadez y dolor.

Una menuda secretaria con un peinado anquilosado y cubierto de laca seca lucía su pelambrera interlineada por distintos tintes malintencionados, que creaban un color raruno en el que solo despuntaba el blanco del tiempo. Como si fuera parte del mobiliario, ella, tan inexpresiva como siempre, era la encargada de recibir a los que entraban a la sala, pero él, ni tan siquiera la miró. A ella no le importaba, casi prefería pasar desapercibida, tan solo estaba allí porque profesaba una gran lealtad para con Don Leopoldo, su jefe, el notario.

Hoy tan solo entraba él. Después de tantos años sin saber de su padre, de ahora en adelante, EL FECUNDADOR, debía ir a recoger lo que le pertenecía. En apariencia estaba tranquilo, sin embargo, su aura repleta de avaricia y desdén dejaba entrever el sentimiento de victoria que expiraba cada célula de su piel. Como único hijo iba a percibir todos las cosas, cosejas y ganancias de toda una vida de trabajo de EL FECUNDADOR.

Sentado en una silla de anchos brazos podía notar como le punzaban los muelles en el pandero. Una masa amorfa necesitada de movimiento, que él no tenía intención de ejercitar, su única misión era la de calentar silla, sofá o butaca. Era el momento, su sino, él creía que había llegado, vivir de renta y del cuento estaban a una firma de distancia. Se acabó trabajar, parecía que la víbora de la amante de su padre quien ni tan siquiera ponía cara y a quien tanto odiaba no iba a hacer acto de presencia. Pensó “good doggy, good doggy”, aquellas palabras que decía su nanny inglesa a su chiwawa en el proceso de amaestramiento que recibían todos los perros de la finca en la que se crio.

Las agujas del reloj marcaban que la hora ya había empezado, ya no había vuelta atrás. Lo que era seguro era que EL FECUNDADOR no volvería de entre los muertos para echarle en cara la vergüenza y lastre que suponía que él llevase su apellido.

Se abrió la puerta y entró Don Leopoldo del Castillo, el notario que asqueado y con algo de resaca se dejó caer sobre la butaca presidencial. No le dió la mano, era un esfuerzo totalmente innecesario. Ya se esforzó durante las oposiciones y desde entonces tan solo seguía la ley del mínimo esfuerzo y la obligada. Esbozando una sonrisa empezó a repiquetear los dedos sobre la mesa de caoba como si esperara algo. ¿Qué esperaba él se preguntó? ¿Vendría finalmente Filomena la furcia? 

Nuestro protagonista empezó a ponerse nervioso, dirigió los ojos hacia la puerta y pudo ver como esta se entreabrió y cómo una mujer entraba sin hacer ruido. Exactamente del mismo modo que la amante de su padre se había colado en sus vidas. No pudo contenerse, se levantó, le clavó la mirada mientras rechinaba los dientes y gritó totalmente enajenado: “¡So zorra, lárgate de aquí, tu chupaste y chupaste lo que tenías que chupar y ahora lamerás el suelo que piso.”

La mujer con sorpresa se tiró hacia atrás sin que se le moviera un solo pelo de la calvorota e intentó esconderse tras la puerta a la vez que el notario le decía sin moverse de la butaca “ Señor Pichón, tranquilícese, es mi secretaria, doña Gertrudis.”

Ejercicio del Ateneu Barcelonés- Narrador Autorial

Narrador con foco variable vs Narrador Autorial

La Secretaria

A las once de la mañana tenían la primera visita. Eso le daba a Gertrudis tres largas horas para poder ordenar carpetas y estar cerca de Leo. Ese octubre se habían cumplido veinte años de su primer día de trabajo allí. Prácticamente el mismo tiempo que llevaba enamorada de su jefe, Don Leopoldo, un notario…

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