A las once de la mañana tenían la primera visita. Eso le daba a Gertrudis tres largas horas para poder ordenar carpetas y estar cerca de Leo. Ese octubre se habían cumplido veinte años de su primer día de trabajo allí. Prácticamente el mismo tiempo que llevaba enamorada de su jefe, Don Leopoldo, un notario adinerado y aposentado a quien le gustaba más su butaca del despacho que el sofá de casa.
El despacho estaba algo anticuado pero a ella le encantaba. Esa madera guardaba los recuerdos de una vida, de un amor y de lo que ella llamaba paciencia, aunque a veces algunos la habían confundido por estupidez. Pasaron cinco largos años hasta que Don Leopoldo se dio cuenta de que Gertrudis enviaba señales inequívocas de intenciones impuras y las aprovechara.
Ella, criada por monjas de hábito y más tarde por su tía abuela octogenaria creció entorno a los valores cristianos del agua santa y el calzón largo. Sin embargo, el amor fué más fuerte, y ya habían pasado quince años desde que se convirtiera en la amante de Don Leopoldo. Le debía lealtad y fe ciega, en eso consistía el amor. Era feliz de poderle ayudar y hacerle la vida más fácil, aunque después él se marchara a calentar sofá y cama junto a su mujer.
A sus cincuenta años ella sabía mejor que nadie que esa vida era la mejor a la que podía optar, y nunca hubo nadie que se ganara sus afectos como lo hizo su amado Leo. Cada vez que le veía recitar cláusulas notariales en su butaca a ella le embargaba la pasión, el porte de ese hombre, su amplia presencia y el tono robusto de su voz la hacían vibrar más de lo que nunca hicieron ninguno de sus pretendientes.
Don Leopoldo esa mañana estaba encerrado en su despacho con la excusa de repasar el testamento de su primera y única visita del día. Gertrudis sabía que seguramente estaría descorchando la botella de JB que guardaba en el mueble bar. Ella le disculpaba siempre, entendiendo que era la única manera que tenía de sobrevenir la culpabilidad por ser infiel a sus votos matrimoniales. Así que con esa vieja disculpa y centrada en sus quehaceres, orgullosa observó la sala de juntas, estaba ordenada, las carpetas reposaban frente a cada una de las sillas, esperando que llegara el hijo del señor Pichón.
Gertrudis recordaba a Don Calvo Pichón con cariño. Había visitado el despacho en un par de ocasiones, la primera parecía seguro, rotundo y con las ideas claras, sin embargo, acompañaba esa seguridad con una mirada cálida y una sonrisa de felicidad que hacía pensar a cualquiera que todo era posible. En su primer borrador de testamento cedía todas sus pertenencias, que no eran pocas, a su amada, la mujer que según él “le había devuelto la sonrisa y le había enseñado a vivir”. Pero Gertrudis lo que más recordaba era la segunda visita del Señor Pichón. Más mayor y con los párpados caídos parecía derrumbado, triste y sin ilusión. Filomena, el amor de su vida había muerto y lo dejaba todo a la iglesia. Todo menos un cockle que le cedía a su hijo. Sus palabras textuales fueron “así el enano obeso de mi hijo va a tener que mover el culo, ni que sea para pasear al chucho”.
Llamaron al timbre que resonó por todo el despacho. Esperaba que Leo hubiera oído esa señal que significaba que era el momento de cerrar la botella y limpiar el culo del vaso con la lengua, como tantas veces le había visto hacer. Don Gastón Pichón entró con la cabeza alta, y mirando a su alrededor dió su nombre “ Don Gastón Pichón, son las once, me esperan”.
Ahora Gertrudis entendía la crudeza de las palabras del Señor Pichón padre. El enano obeso entraba por la puerta efectivamente, gordo, desaliñado y con el bigote despeinado. Ella pensó que le podría haber prestado algo de laca para fijarlo pero entendió que hay gente a quien es mejor no ayudar. Entró en la sala sin ni tan siquiera mirarla, aunque a Gertrudis no le importó, ya estaba acostumbrada a ser invisible. Entonces, Leo apareció por detrás y le pellizcó el culo poco antes de desaparecer por la puerta de la sala de juntas. Ella contenta por esa clara muestra de amor, obnubilada y en flotación esperó unos segundos para entrar en la sala y sentarse en su sillita esquinera para poder dar soporte a Leo.
Al abrir la puerta con la sonrisa aún puesta en los labios, el enano Gastón empezó a vociferar en contra de ella, básicamente la llamó “Zorra Chupona” en más de dos palabras. A Gertrudis precisamente, que no había chupado ni un helado en toda su vida, como le enseñó su tía abuela, lo mordía para que no pudiera generar pensamientos impuros o vergonzosos.
Entonces ella comprendió que esas palabras que iban dirigidas indudablemente a Filomena, quien era obvio que el Pichón junior no sabía que había muerto, también se dirigían a ella. Su condición de amante de Leo no la dejaba en una mejor posición. Por primera vez se sintió una furcia entrometida por quien claramente no valía la pena levantarse ni de la butaca, desde donde Don Leopoldo aclaró el malentendido. Ella confundida y escondida tras la puerta, la cerró.
Ejercicio del Ateneu Barcelonés- Foco variable en un personaje
Narrador con foco variable vs Narrador Autorial
Verdades a medias
Si algo tengo que me defina, no es mi belleza adonítica, sino las manchas en el mandil y una gran devoción por los chismorreos de mis clientes. Mientras medito intensamente sobre lo bien le queda a la barra esa barniz pegajoso que le otorgaron los líquidos desparramados en el servicio de ayer entra Pere, que…
