Flores de asfalto

Esa mañana madrugó. El frío no le había dejado dormir como él recordaba que se dormía. Una cama mullida, las sábanas blancas, un vaso de leche caliente, el reloj tocando las once recuperaban su fuerza, él se iba distanciando cada vez más de lo que había sido. No le faltaban motivos.

Con el pelo desaliñado, dejó todo lo que tenía y decidió empezar a andar. Tan solo cogió su chaqueta. Las calles aún estaban mojadas, había visto a unos hombrecillos que que las regaban por las noches como si fueran geranios. Arturo Martirio las observaba detenidamente esperando que salieran las flores, como hacía cada mañana con los tiestos de Ana. Ella debía ser mágica, porque conseguía que salieran flores de todos los colores, pensó, pero esos hombrecillos no sabían hacerlo bien. Tan solo había flores cimentadas en las baldosas de las aceras, que alguien había plantado seguramente cuando él estaba distraído. Toda la ciudad estaba llena de ellas. Flores grises que en lugar de salir hacia fuera, se hundían en el asfalto intentando esconderse.

Se arrodilló frente a una acera y acercó la nariz a uno de sus pétalos grabados en el suelo. No olía a nada. ¿Por qué no olían las flores? Sus manos se tensaron y con rabia clavó las uñas en el asfalto. La decepción del momento no le permitió ver cómo una señora se acercaba a él.

Posó su mano con cariño sobre el hombro de Arturo y le dijo “ Hijo, te has ensuciado las manos con la mierda que hay en el suelo. Ven que te ayude.”

Arturo se levantó de golpe, desorientado y más enfadado que antes y vociferó: ¡Tú no eres Ana, tú no eres Ana, no me toques, déjame! Y se fué corriendo a un rincón de la calle donde se dejó caer en el suelo y se dobló para llorar. La señora sorprendida y tal vez algo asustada dio media vuelta y se marchó pisando las flores grises por el camino.

Todo había cambiado, pero ese día nadie quiso contarle por qué. Se despertó y la casa estaba llena de señores que no conocía y no paraban de llegar grandes ramos, de tantos colores, que no entendía como no oía a Ana reír y cantar de felicidad. Sin embargo, él no pudo ver mucho, le encerraron en su habitación durante horas. Nadie le quería cerca. Sus manos también estaban sucias aquel día, entre las uñas se podía ver el color de las rosas. Así le había descrito Ana el color rojo un día que se había cortado con una hoja de papel mientras volvían del parque. Ana le había limpiado, curado y besado la herida.

Ejercicio del Ateneu Barcelonés- Escena

Creación de una escena + caracterización de personaje

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