Bajo la mesa un corazón tallado recuerda que A y J una vez se amaron. Bajo la mesa, un cementerio de zapatos de tacón recién estrenados.
Bajo la mesa hay todo un mundo lejos de los clichés. Allí, somos osados y creativos. Allí nos escondimos como niños y jugamos creando un mundo mágico que nos convertía en superhéroes invisibles y, de algún modo, en la madurez, bajo la mesa seguimos siendo niños.
Relaciones secretas, dominación e incluso vendetas se materializan donde nadie puede ver. Ese inmenso espacio en el que, entre cuatro patas cabe todo. ¿Qué tendrán las mesas que provocan tanto placer? Isabel Allende en Afrodita lo sabe:
Bajo el mantel, las rodillas se rozan por azar y ese contacto, casi imperceptible, los golpea, como una fuente poderosa; una llamarada iracunda sube por los muslos y enciende los vientres.
Cuando la atracción rebosa, de pronto, una simple tabla se convierte en un espacio íntimo que guarda los secretos de amantes bajo el mantel. Un rincón prohibido en el que existen dos mundos: susurros sobre la mesa y gritos callados bajo ella. Unos gritos que entre caras amables, quieren romper platos y derramar líquidos. La fragilidad del momento convierte cada movimiento en deseo, cada sorbo en una mirada cómplice y cada tintineo en necesidad de piel.
Bajo la mesa se agudizan los pálpitos, y no solo entre enamorados. La boca helada de una pistola se hunde entre el fino algodón de la camisa. Justo debajo de las costillas, el metal sujeto por una mano firme y unos ojos desafiantes. ¿Cuántas veces hemos visto esa imagen en aquellos largometrajes tan largos?
Evitar la muerte por disparo bajo el mantel en el s.XIX es el motivo por el que hoy en día los hijos del protocolo francés comemos, por educación, con las dos manos sobre la mesa. Imagina la cantidad de disparos bajo la mesa fueron necesarios para que una declaración de buenas intenciones se convirtiera en norma. Lo cierto es que se come más tranquilo sabiendo que durante el proceso no te van a disparar. El protocolo inglés sin embargo, era mucho más despreocupado sobre si iban a poder llegar vivos al postre.
El lenguaje bajo la mesa
Las intenciones bajo la mesa no son todas tan obvias. El lenguaje no verbal es un misterio fantástico que no acaba con las miradas, sino que continua bajo la mesa, donde es más honesto, más puro. Una fantástica herramienta para los más pragmáticos.
Tenemos por costumbre controlar nuestras expresiones pero olvidamos que la parte inferior de nuestro cuerpo también habla y parece que debajo de la mesa se esconde ese monstruo que anhela salir. Allí es donde suceden todas nuestras reacciones más sinceras a lo que sucede sobre la mesa; las palabras que callamos, las sonrisas maleducadas o el interés por unos ojos que por vergüenza no nos atrevemos a mirar.
Bajo la mesa queda libre nuestro instinto, aquel que sobre la mesa fantaseamos con controlar. ¿Cómo no va a ser interesante echar un ojo a lo que pasa allí debajo? En algunas ocasiones alcanzaremos a detectar el suave e inocente balanceo de una sandalia, que sigiloso en realidad, evoca inconsciente a la penetración, observaremos que en la coloquialidad de sentarse con un pie sobre el culo, en realidad, se dibuja una flecha con tu rodilla, que con su punta delata tu preferencia de entre los comensales. Pequeños gestos pasivos que silenciosos reflejan como nos sentimos.
La vida bajo la mesa, sin embargo, no es necesariamente pasiva, sino que también podemos ver el fuego del carácter. Lo que con palabras no podemos decir, lo decimos con la mirada y si no, lo gritamos bajo la mesa. Las madres eso lo hacen muy bien, porque a falta de discreción voluntaria bajo la mesa es uno de los regalos de la confianza. Sin un grado alto de intimidad no sucede ese comentario desafortunado seguido de una patada disparada que manda callar y que, en el fondo, esconde la sensación dominación de quien la propina en ese momento. Nota como dos pies que se entrecruzan son sinónimo de represión ¿de qué no queremos hablar? ¿qué nos incomoda? O mejor, ¿qué hemos dicho que incomoda al otro comensal? Y que una decisión es tan firme como la estabilidad de los dos pies sobre el suelo que la acompañan. Una mano que arde sobre un muslo no necesita traducción sin embargo, unas piernas que se separan están llenas de sutilezas tan sugerentes como el más exquisito de los bocados. Una mesa es lo único que separa la ignorancia del deseo.
Todo lo que quieres está debajo de la mesa, deseos secretos e incluso los miedos. ¿Qué guardas tú bajo la mesa?
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