Era la una y media y sintió que debía comer algo. A la una y media la gente solía comer y ella era gente. A pesar de llevar el pijama puesto pasado el mediodía, pensó que ese era un convencionalismo que no estaría bien ignorar, pero no tenía hambre. Cambió su posición de tumbada a sentada en el sofá. Ese esfuerzo retrasó en diez minutos su mudanza a la cocina. Tanta logística junta se debía fraccionar en el tiempo.
Cogió el mando del televisor y cambió de canal tantas veces que le dio la vuelta al aparato, daba la sensación de que esperaba que hubieran inventado un nuevo canal en ese transcurso de tiempo. Nada. Y volvía a probar suerte, ahora con el mando sobre el regazo y punteando canales dejando caer el dedo índice sobre los botones. La ruleta de la fortuna, decidido. La tonadilla la de siempre, el presentador, el de siempre, las azafatas posiblemente eran diferentes, pero la verdad es que ni las notaba.
Los aplausos y el tacatacatá del girar de la ruleta podían dormir a cualquiera, pero Isabel tenía que ingerir algo, ya eran la una y treinta y siete. Arrastró los pies hasta la cocina y su cuerpo los siguió, sus ojos recorrieron el mármol y avistó un trozo de pan. Su falta de hambre decidió por ella. Si era bueno para Jesús, era buen ágape para ella. Sin servilleta, sin salvamanteles y sin usar la mesa más que para apoyar los pies, arrancó un trozo seco con los dientes.
El mediodía pasaba a cámara lenta y siguiendo ese ritmo se puso a mascar la harina cocida. Tres vocales: a, e, u y cuatro consonantes: r, t, b y v. Y una voz de pito sale de la caja tonta adivinando: «no por mucho madrugar amanece más temprano». Isabel resopla. Vuelve al zapping. Teletienda, es la hora del «NICER DICER» las una y cuarenta y cinco, y mientras contempla cómo un trozo de plástico y alambre cortan una cebolla, se dedica con pequeños pellizcos a sacar la miga del pan y con ella a elaborar una fina bola de masa que aplasta entre índice y pulgar mientras piensa- voilà, aquí una hostia, y así se da por comida.
Ahora coge el teléfono y vuelve a mirar Instagram. Solo hay dos nuevas publicaciones de absolutos desconocidos desde la última vez que lo ha mirado. Llamadas, cero. Whatsapps, cero. Bloquea el teléfono. Resumen de la mañana: la ruleta de la fortuna, una bola fina de pan, nicer dicer y dos publicaciones sin interés. Las cigarras suenan a lo lejos y muy cerca el runrun del motor del aire acondicionado de la panadería de abajo. No le apetece ni dormir la siesta. Son las dos se ha acabado la mañana. Nada que destacar.
Ejercicio del Ateneu Barcelonés- Escena
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