Viviendo Kerala

Cada mañana el olor a leña de la farmacia se cuela por la ventana y de nuevo, cada mañana me vuelvo a sentir en casa.

 La humedad verde que oli al aterrizar quedó cristalizada en el tiempo en pequeñas gotas monzónicas que caen sin parar. El fuego tiene una manera de traernos al hogar, y este agni, como ellos le llaman, quema fuerte en los corazones de todas estas maravillosas personas que parece que mamaron esa amabilidad y sonrisas que otros tuvimos que aprender con modales. 

Nunca he visto un aire tan concurrido. Ahora mismo diminutas notas de gengibre se confunden con el zumbido de los mosquitos, que silenciosos, suenan tan fuerte como el miedo y la frustración que me generan. He aprendido que los tigres ahora parecen lindos gatitos comparados con los dinosaurios que en la India, resulta que sobrevivieron al big bang.

Me lleno la taza sin echar de menos el café ni mis queridas olas de sal, que curiosamente se me antojan secas. Chai y curry con bolas de fideos de arroz al vapor para desayunar. Ni el mejor de los desayunos de hotel tiene tanto sabor ni, por supuesto, tanto cariño. Madres, esposas y grandes profesionales dedican horas desde el amanecer a preparar deliciosos manjares que gritan amor por la familia. La familia, no hay nada más importante aquí. La llama de los corazones de estas mujeres se enciende a las cinco de la mañana y aún tienen tiempo para yoga, acicalarse y cuidar de esas largas melenas negras que por no tomar exceso de sal, carecen de canas. 

En el sur, arroz y en el norte, chapati. Los granos son el motor de todo estómago y su música, indudablemente, la de los claxons que parece que traen el orden a unas carreteras que dibujan carriles para decorar. Antes de una curva, bocinazo, vas a inventar un carril nuevo, bocinazo o, tal vez vas a adelantar? Bocinazo por la izquierda. Tengo la sensación de que les provoca placer, aunque aún no lo he descubierto. Por el contrario, sus voces son melosas, suaves y tiernas y transmiten respeto hasta por una lluvia que, ensordecedora, manda callar. No puedo evitar pensar en cómo los latinos intentaríamos superar el sonido de la naturaleza a gritos, tan solo por ser escuchados sin tan siquiera tener nada que decir.

La no estridencia es la única norma ayurvédica, llamémosle moderación. Aunque es preciso no olvidar el respeto que trae la comprensión. De esta última penden la compasión, el amor y todas aquellas emociones que caben en el corazón si no lo subestimas. Qué maravilla descubrir de lo que somos capaces cuando creemos que lo somos.

Otros textos narrativos

La estampa mañanera

La estampa de primera hora no es nunca nada de qué alardear. Despertador y teléfono en mano hacia la taza. Este es siempre el modo de empezar bien descansado el día. Su móvil notificaba una avalancha de mensajes atascados durante la noche. Uno a uno, iba limpiando la bandeja de entrada con los pies colgando.…

Ruleta de la fortuna

Era la una y media y sintió que debía comer algo. A la una y media la gente solía comer y ella era gente. A pesar de llevar el pijama puesto pasado el mediodía, pensó que ese era un convencionalismo que no estaría bien ignorar, pero no tenía hambre. Cambió su posición de tumbada a…

Flores de asfalto

Esa mañana madrugó. El frío no le había dejado dormir como él recordaba que se dormía. Una cama mullida, las sábanas blancas, un vaso de leche caliente, el reloj tocando las once recuperaban su fuerza, él se iba distanciando cada vez más de lo que había sido. No le faltaban motivos. Con el pelo desaliñado,…

El Fecundador

Eran apenas las once de la mañana y la madera que recubría la sala seguía impregnada de ese olor tan característico de otra época, una mezcla entre güisqui y tabaco. Daba la sensación de no haber sido ventilada en años. El polvo de los tomos amarillentos que cubría cada rincón, aún sin poder verse, se…

La Secretaria

A las once de la mañana tenían la primera visita. Eso le daba a Gertrudis tres largas horas para poder ordenar carpetas y estar cerca de Leo. Ese octubre se habían cumplido veinte años de su primer día de trabajo allí. Prácticamente el mismo tiempo que llevaba enamorada de su jefe, Don Leopoldo, un notario…

Deja un comentario